lunes, 4 de mayo de 2026

Evitarme

Todos, de pequeños, jugamos a escaparnos de nuestra propia sombra.
Corres más rápido, cambias de dirección de golpe, saltas sobre las baldosas, pides al asfalto que te ayude a despistarla. Hay momentos (muy breves) en los que crees haberlo conseguido. Cuando la luz cambia, cuando el sol se esconde un segundo, Ella desaparece y sentimos una pequeña victoria.

Pero siempre volvía... 
Se alargaba, se encogía, se deformaba, pero nunca se iba.

Al hacernos mayores dejamos de jugar a escaparnos de nuestra sombra aunque no dejemos de intentar huir de otras cosas.

Aprendemos a llenarnos la cabeza. De pensamientos, de ruido, de planes, de cualquier cosa que evite que se haga el silencio. Porque cuando todo se calla, aparecen los miedos y los recuerdos. Y éstos, a veces, son como esa sombra: imposibles de dejar atrás.

Así que te ocupas.
Siempre algo en la cabeza.
Siempre algo que evitar. 


Evitarme.

Un día me levanto despacio.
Me acerco a la ventana.
La nieve lo cubre todo. Blanca, azul en los bordes, infinita.
Ni una sola huella. Y eso significa que no hay una historia previa. Y mi mente no tiene que imaginar (y trotar y trotar). 
El silencio es completo. Un silencio real.

Y entonces es cuando reparo en Ella y es cuando le miro a los ojos por primera vez. 
Tiene la mirada profunda, observadora, pensativa y pausada, cálida y vivida, como estar en casa, frente al fuego. 

Y me apreta la mano.
No como una amante.
No como una amiga.
No como una madre.

Y la siento como és, una forma visible de algo que siempre ha estado a mi lado.
La reconozco a Ella y le quiero pedir perdón por haberla callado intentando llenarlo todo de ruido.

—Habrá que caminar mucho —me dice. —Pero el viaje es estupendo.

Y por primera vez, no siento la necesidad de intentar separarme de nada,
ni de mi propia sombra.