martes, 21 de julio de 2026

la Luna

Bajame a la Luna al menos
que ando yo más lejos. 

miércoles, 15 de julio de 2026

El mar, el amor de mi vida.



Mi vida había dejado de tener bordes. 
Y los bordes son eso que impide que una se derrame: la familia, el yo, el amor, el proyecto de vida, el hogar, los amigos. Todo se había diluido.

Me siento deshecha, no sé volver a mí. 
Vivir así es raro. Es como intentar dormir sobre una barca. Voluble, mecida en un eterno vaivén. Como quien vive en el interior del mar. 

Durante mucho tiempo (y quizás lo siga haciendo siempre) he escrito sobre ese mar.  El amor más grande de mi vida. 

Rescato con frecuencia videos del verano para escuchar el sonido de esa playa. Que no es de olas sino como de un reloj de arena hecho de grava quebrada, angulosa, que corta la fina piel de los pies inocentes. Para ver el color de su agua. Que no es azul. Que es de piedra, óxido y alga. Para ver el color de las paredes de piedra que te acorralan que son grises y marrones y forradas de plantas que se aferran con persistentes raíces a la roca. Como parásitos. 

Ese verano, que a la vez es el fin del mundo,  es hostil, salvaje, expulsa con todo su poder telúrico a la gente, y solo los locos  volvemos una y otra vez, reconociéndonos en nuestra soledad. 

En ese mar, cada año me sumerjo  buscando los bancos de posidonias. 
Siempre me ha parecido que las posidonias son animales que decidieron convertirse en plantas para dejar de huir. 
Me quedo balanceándome encima y dejo que el agua haga conmigo lo que quiera. Me mece y bambolea. 
Ese vaivén me marea, pero ese mareo se parece mucho más a estar viva que todo lo demás.  Porque, mientras floto, no solo soy yo la que pierdo el equilibrio. También el fondo. También las hojas largas bajo mi vientre. También la luz.
De golpe, no hay diferencia entre el agua y mi propia incertidumbre e inconsistencia. 

​Año tras año repitiendo el ritual.
Cada año la posidonia sigue allí, moviéndose pacientemente esperando a los muertos y a los vivos. 

Y hoy, como cada año, nado, me tumbo sobre ella y espero. 
Pensé que bastaría con repetir el gesto. Conservaba la esperanza de que el cuerpo recordara lo que la cabeza ya no sabia encontrar.
Pero me doy cuenta que ya no siento lo mismo. Lo que estoy haciendo no tiene sentido. Yo ya no bailo con ellas.

Tengo un peso nuevo dentro de mí. No es tristeza (la tristeza también flota), es algo sólido. Es gravedad. Se ha creado una frontera que me dice suavemente dónde acabo yo y dónde empieza el resto del mundo. Ellas siguen perteneciendo al mar. Y yo no. 

Es una buena noticia.
También una mala.
Porque juro que no habrá ni solo día sin que eche de menos aquel vaivén. 

​Me doy la vuelta bajo el agua. Me volteo boca arriba y miro hacia la superficie, hacia la luz que rompe arriba.
​Y entonces veo las piernas de mi hijo. Largas y delgadas como posidonias, dos posidonias mal hechas, dos posidonias con prisa,  moviéndose en un pedaleo caótico, chapoteando con torpeza alegre, una danza cacofónica que no tiene nada que ver con el ritmo sumiso del océano. Un ruido de cachorro, desordenado y vivo.
​Dejo el fondo quieto. 
Y subo hacia él.






jueves, 18 de junio de 2026

Soy el cáncer de pulmón de mi madre.

Soy el pulmón colapsado de mi madre.
Soy el grito que tumoró dentro suyo.
Soy el cigarrillo número cien millones de mi madre.
Soy el humo buscando una salida.
Soy la nicotina pegajosa impregnada en las paredes gritando socorro. 
Soy la rabia que encontró antes los pulmones que las palabras.

Soy el feminismo accidental de mi madre.
Soy la vida que mi madre habría tenido con cinco sartenes menos fregadas.
Soy la rebeldía que crece exponencialmente cada generación.
Soy la sospecha permanente de que las cosas podrían haber sido de otra manera.
Soy la puerta que nunca llegó a dar un portazo.
Soy el sarcasmo de mi madre cuando se quedó sin munición y se rindió.
Soy la revolución doméstica de mi madre.
Soy la hija de una mujer que quería incendiar la casa y acabó limpiándola.
Soy ese incendio aprendiendo a hablar.

Soy la metástasis cerebral de mi madre. 
Soy la idea que se negó a morir.
Soy la fuga de energía de una mujer agotada.
Soy el resentimiento convertido en observadora.
Soy el archivo secreto de todas sus renuncias.
Soy el abrazo que mi madre necesitaba y no pidió.
Soy la ternura intentando corregir la trayectoria.



domingo, 14 de junio de 2026

Un monstruo viene a verme y se queda.

—Toc, toc.

— No voy a abrirte. Te he visto por la ventana y das miedo.

Se hace un silencio.
Luego él se mueve y suena como un saco lleno de huesos.

—Antes no era así.

—Pues ahora sí.

Vuelvo a mirar.

—¿Qué haces ahí fuera con esos ademanes infaustos? ¿Qué quieres ahora? No te esperaba en este momento. Y menos con esas pintas. Ese cuerpo deforme...
¿No ves que cualquiera se negaría a abrirte la puerta con esa apariencia horrenda?
Tu cuerpo son miles, abotarrados, como si los trozos de carne de mil pasajeros espachurrados después de un accidente de tren espantoso hubieran sido barridos y amontonados en tu cara.

—Llevo mucho tiempo esperándote.

—Yo no te esperaba a ti. (Miento. Siempre pienso en su regreso).

—Llevas mucho tiempo lejos. He venido a visitarte varias veces y siempre te encuentro ausente del espacio que tenemos reservado para ti y para mí. 
No sé qué haces ni dónde estás, pero no me atiendes.
Se han ido agolpando las distintas formas que tenemos de querernos tú y yo, y ahora mírame. Soy un ser deforme. Me cuesta mirar con claridad. Ya no soy ágil porque mis extremidades, que ya son muchas, se han soldado unas a otras y se han vuelto rígidas. Y el corazón anda envuelto en la brea pegajosa de tu olvido.
Déjame entrar.

—No.

—Antes estaba siempre dentro, contigo.

—No recuerdo eso. (Miento. Siempre lo tengo en la cabeza).

—Claro que lo recuerdas.

Miro otra vez por la mirilla.

—Me da vergüenza que alguien pueda verte ahí fuera. No quiero que me relacionen contigo.

—Déjame entrar, entonces.

—¿Por qué?

—Porque estoy cansado.

—Yo también.

—Lo sé.

Se hace otro silencio.

—Pasa.
Pasa dentro para que desaparezcas del paisaje.
No quiero asomarme a la ventana en un momento distraído de felicidad y encontrarme contigo, con tu monstruosidad, y que me recuerdes lo feo de este mundo.
Pasa.
Pero mantén la distancia.
Pienso envolverte en celofán.
No quiero que toques nada de esta casa. Es una casa nueva. No es la tuya. No es la nuestra.
No eres bienvenido, pero pasa.
Pasa con tus deformidades, con tus mil caras, con tus cientos de brazos y dedos, con tus ojos de insecto, hechos de retazos de recuerdos.
No te tocaré nunca.
Pero pasa.
No te quedes afuera.
No quiero que nadie te vea.
Quédate aquí dentro, 
conmigo.






viernes, 15 de mayo de 2026

Evitarme

Todos, de pequeños, jugamos a escaparnos de nuestra propia sombra.
Corres más rápido, cambias de dirección de golpe, saltas sobre las baldosas, pides al asfalto que te ayude a despistarla. Hay momentos (muy breves) en los que crees haberlo conseguido. Cuando la luz cambia, cuando el sol se esconde un segundo, Ella desaparece y sentimos una pequeña victoria.

Pero siempre vuelve... 
Se alarga, se encoge, se deforma, pero nunca se va.

Al hacernos mayores dejamos de jugar a escaparnos de nuestra sombra aunque no dejemos de intentar huir de otras cosas.

Aprendemos a llenarnos la cabeza. De pensamientos, de ruido, de planes, de cualquier cosa que evite que se haga el silencio. Porque cuando todo se calla, aparecen los miedos y los recuerdos. Y éstos, a veces, son como esa sombra: imposibles de dejar atrás.

Así que te ocupas.
Siempre algo en la cabeza.
Siempre algo que evitar. 


Evitarme.

Un día me levanto despacio.
Me acerco a la ventana.
La nieve lo cubre todo. Blanca, azul en los bordes, infinita.
Ni una sola huella. Y eso significa que no hay una historia previa. Y mi mente no tiene que imaginar (y trotar y trotar). 
El silencio es completo. Un silencio real.

Y entonces es cuando reparo en Ella y es cuando le miro a los ojos por primera vez. 
Tiene la mirada profunda, observadora, pensativa y pausada, cálida y vivida, como estar en casa, frente al fuego. 

Y me apreta la mano.
No como una amante.
No como una amiga.
No como una madre.

Y la siento como és, una forma visible de algo que siempre ha estado a mi lado.
La reconozco a Ella y le quiero pedir perdón por haberla callado intentando llenarlo todo de ruido.

—Habrá que caminar mucho —me dice. —Pero el viaje es estupendo.

Y por primera vez, no siento la necesidad de intentar separarme de nada,
ni de mi propia sombra. 

miércoles, 22 de abril de 2026

Yo era buena con las palabras

Yo era buena con las palabras.
Las llevaba enredadas en mi cabellera, ensortijadas en mis dedos.

Ahora no.
Ahora me estoy haciendo un sitio importante y propio
en el silencio.
Casi por primera vez 
un silencio que no pesa. 
Un silencio que me deja ser.

Desde aquí pienso.
Contemplo sin prisa.
Recuerdo sin miedo.

Y en este espacio vuelven, despacio,
las palabras que fui,
los deseos que latieron,
la felicidad,

como si siempre hubieran estado aquí,
sentadas conmigo.

viernes, 10 de abril de 2026

Se llamaba Odi.


Se llamaba Odi.

Al principio pensaba que se llamaba Edi y que no lo sabía pronunciar bien. Decía su nombre como si le faltara una pieza. Parecía tener un defecto en el habla. De hecho, pensé que podía ser sordomudo.

Pero en realidad, se llamaba Odi, de Odiseo.

Eso lo supe después, dentro del sueño. 

Yo era una niña y miraba el mundo desde abajo, como se miran las cosas cuando todavía no pesan del todo. Todo era en blanco y negro. El cielo, los muros, hasta los pájaros parecían dibujados con carboncillo.

Todo, menos Odi.

Odi vestía de colores vivos, era un ser en tecnicolor. Piel mestiza, gorro amarillo desobediente, pantalón verde profundo, camisa azul que dolía un poco al mirarla. Era un John Wayne cubano. Era muy grande. No solo alto, sino ancho. 

Era el vigilante del cementerio y se tomaba muy en serio la gravedad que exige cuidar a los muertos.

El cementerio tenía muros altos, cubiertos de enredaderas y buganvillas que trepaban como si quisieran escapar.  Las flores también tenían un color vibrante de verano. No había verja de hierro. Había una puerta enorme, pesada, de madera pintada de rojo. Un rojo antiguo, oscuro. 

Cuando Odi me vio, sonrió. Y habló.

No recuerdo exactamente qué dijo. Solo recuerdo el sonido: una voz clara, profunda, con palabras imperfectas o quizá dijo cosas que las niñas saben y los adultos olvidan. Ahí entendí que no era sordomudo. Nunca lo había sido. Simplemente hablaba como hablan los personajes de los sueños, sin necesidad de hacerlo bien.

Me indicó la puerta roja.

Cuando la empujé, el cementerio desapareció. No hubo tumbas, ni muros, ni flores marchitas. Solo una sala sin techo luminosa, como si alguien hubiera encendido todas las luces de golpe. 

Yo sabía, en el sueño se saben estas cosas,  que no debía estar allí. Pero también sabía que mientras Odi caminara conmigo, nada verdaderamente malo podría ocurrir.

En el centro, un ritual.

No lo entendía, pero lo reconocía. Muchas personas formando un círculo imperfecto. Gestos lentos. Un murmullo grave, sin palabras, que no entraba por los oídos sino por el pecho. No era un ritual malo. Pero tampoco era para mí.

Miré a Odi. 

Su sonrisa había desaparecido. Me miró como miran los adultos cuando saben algo que no pueden explicar a una niña sin romperle algo por dentro.

Apoyó su mano en mi hombro.

Era una mano enorme, pesada y tibia. Sin brusquedad, sin enfado, me empujó suavemente hacia atrás. 

No. Dijo.

Y lo dijo bien.

La puerta roja apareció de nuevo a mi espalda. Se cerró despacio, sin ruido, como si también supiera que yo no debía quedarme.

Me desperté. Y ya no era una niña. 

Desde entonces, cada vez que pienso en cementerios, recuerdo a Odi.

El vigilante.

El que me dejó pasar porque podía hacerlo. 

El que me devolvió porque debía hacerlo.


Quizás San Pedro para mí es un cubano de dos metros.