Mi vida había dejado de tener bordes.
Y los bordes son eso que impide que una se derrame: la familia, el yo, el amor, el proyecto de vida, el hogar, los amigos. Todo se había diluido.
Me siento deshecha, no sé volver a mí.
Vivir así es raro. Es como intentar dormir sobre una barca. Voluble, mecida en un eterno vaivén. Como quien vive en el interior del mar.
Durante mucho tiempo (y quizás lo siga haciendo siempre) he escrito sobre ese mar. El amor más grande de mi vida.
Rescato con frecuencia videos del verano para escuchar el sonido de esa playa. Que no es de olas sino como de un reloj de arena hecho de grava quebrada, angulosa, que corta la fina piel de los pies inocentes. Para ver el color de su agua. Que no es azul. Que es de piedra, óxido y alga. Para ver el color de las paredes de piedra que te acorralan que son grises y marrones y forradas de plantas que se aferran con persistentes raíces a la roca. Como parásitos.
Ese verano, que a la vez es el fin del mundo, es hostil, salvaje, expulsa con todo su poder telúrico a la gente, y solo los locos volvemos una y otra vez, reconociéndonos en nuestra soledad.
En ese mar, cada año me sumerjo buscando los bancos de posidonias.
Siempre me ha parecido que las posidonias son animales que decidieron convertirse en plantas para dejar de huir.
Me quedo balanceándome encima y dejo que el agua haga conmigo lo que quiera. Me mece y bambolea.
Ese vaivén me marea, pero ese mareo se parece mucho más a estar viva que todo lo demás. Porque, mientras floto, no solo soy yo la que pierdo el equilibrio. También el fondo. También las hojas largas bajo mi vientre. También la luz.
De golpe, no hay diferencia entre el agua y mi propia incertidumbre e inconsistencia.
Año tras año repitiendo el ritual.
Cada año la posidonia sigue allí, moviéndose pacientemente esperando a los muertos y a los vivos.
Y hoy, como cada año, nado, me tumbo sobre ella y espero.
Pensé que bastaría con repetir el gesto. Conservaba la esperanza de que el cuerpo recordara lo que la cabeza ya no sabia encontrar.
Pero me doy cuenta que ya no siento lo mismo. Lo que estoy haciendo no tiene sentido. Yo ya no bailo con ellas.
Tengo un peso nuevo dentro de mí. No es tristeza (la tristeza también flota), es algo sólido. Es gravedad. Se ha creado una frontera que me dice suavemente dónde acabo yo y dónde empieza el resto del mundo. Ellas siguen perteneciendo al mar. Y yo no.
Es una buena noticia.
También una mala.
Porque juro que no habrá ni solo día sin que eche de menos aquel vaivén.
Me doy la vuelta bajo el agua. Me volteo boca arriba y miro hacia la superficie, hacia la luz que rompe arriba.
Y entonces veo las piernas de mi hijo. Largas y delgadas como posidonias, dos posidonias mal hechas, dos posidonias con prisa, moviéndose en un pedaleo caótico, chapoteando con torpeza alegre, una danza cacofónica que no tiene nada que ver con el ritmo sumiso del océano. Un ruido de cachorro, desordenado y vivo.
Dejo el fondo quieto.
Y subo hacia él.

No hay comentarios:
Publicar un comentario