Hace unos días descubrí una calle nueva. ¿Cómo es posible?, pensé. ¿Cómo ha podido permanecer este lugar oculto a mis ojos? Se escondía de mí. Es la unica explicación.
Es una calle cortita, muy cerca de donde había pasado muchísimas veces.
Especialmente sombría, edificios cuadrados y austeros, seguramente de la época franquista. Edificios casi idénticos, con olor a proletariado.
En la calle paralela están el tren, los coches, la gente, el siglo XXI. Aquí no se escucha nada.
Aquí podría ser 1956. O 1967. O 1978. O 1989. U hoy. Es una cápsula del tiempo.
Hay también una plazoletita pequeña y esta sí que tiene sol. Sol y un banco. Y una fuente y tierra. Suficiente y agradable a la vista, que invita a las palomas a gozarla y a la gente a mirarla. Que escupe luz rebotandola a los balcones.
Pero lo más mágico de la calle son los árboles plantados a lo largo de ella. Unos árboles de otro mundo, que te transportan a los manglares, a las junglas, al Templo Maldito, al mismísimo Edén.
Ellos hacen que la callecita tome aires de algo teletransportado de forma errónea, como el ADN de La Mosca. Un error en Matrix. Un sitio que vibra diferente a lo demás. Un sitio donde yo debería vivir.
Lo pienso la primera vez que entro en la calle y después vuelvo a pensarlo. Y vuelvo hacerlo una y otra vez. No hace falta siquiera que esté allí. La calle se me aparece mientras hago otras cosas. Mientras hago que veo la tele. Mientras camino con los cascos puestos escuchando a Parquesvr. Mientras recuerdo. Mientras imagino.
Lo fantaseo de forma recurrente.
He empezado a vivir en ella sin vivir en ella.
Y me imagino subiendo las escaleras de suelos de terrazo color crema y barandillas marrones. Y entrando por mi puerta. Y dejando las llaves en un cuenco de cerámica, y escucho ese sonido, el de mis llaves chocando con las tuyas.
Me imagino con una sonrisa que podría reconocer ese sonido entre todos los sonidos del mundo.
Y hay un pasillo y una puerta entreabierta. Seguramente es una puerta blanca con vidrio martelé ámbar, de ese amarillo antiguo que vuelve la luz un poco sucia e irresistiblemente doméstica.
Y sé que tú estás en el comedor porque el piso huele a ti. A ti y a mí. Un olor nuevo impreso en las paredes. O seguramente sea un olor que ya estaba en esa casa y ahora sea nuestro. Siempre he pensado que las casas tienen olor propio y esperan a que alguien llegue para metérselo en el cuerpo.
Camino hacia la luz que se cuela por ese vidrio amarillo e inunda el pasillo. Y me paro justo antes de cruzar. Porque allí es cuando sé que todo esto es parte de mi fantasía y sé que debe desaparecer. Recuerdo que nada de eso existe.
No obstante, me quedo un rato con la mano en la manilla y creo que veo tus pies descalzos apoyados en el sofá. Me quedo oliendo ese instante y almacenándolo fuertemente en la memoria. Hundiendolo bien adentro. Mezclandolo con las otras cosas que sí han sucedido.
Para que un día, más cercano que lejano, mi memoria se equivoque.
Y no sepa decirme si aquello fue un sueño.


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