— No voy a abrirte. Te he visto por la ventana y das miedo.
Se hace un silencio.
Luego él se mueve y suena como un saco lleno de huesos.
—Antes no era así.
—Pues ahora sí.
Vuelvo a mirar.
—¿Qué haces ahí fuera con esos ademanes infaustos? ¿Qué quieres ahora? No te esperaba en este momento. Y menos con esas pintas. Ese cuerpo deforme...
¿No ves que cualquiera se negaría a abrirte la puerta con esa apariencia horrenda?
Tu cuerpo son miles, abotarrados, como si los trozos de carne de mil pasajeros espachurrados después de un accidente de tren espantoso hubieran sido barridos y amontonados en tu cara.
—Llevo mucho tiempo esperándote.
—Yo no te esperaba a ti. (Miento. Siempre pienso en su regreso).
—Llevas mucho tiempo fuera de casa. He venido a visitarte varias veces y siempre te encuentro ausente del espacio que tenemos reservado para ti y para mí. No sé qué haces ni dónde estás, pero no me atiendes.
Se han ido agolpando las distintas formas que tenemos de querernos tú y yo, y ahora mírame. Soy un ser deforme. Me cuesta mirar con claridad. Ya no soy ágil porque mis extremidades, que ya son muchas, se han soldado unas a otras y se han vuelto rígidas. Y el corazón anda envuelto en la brea pegajosa de tu olvido.
Déjame entrar.
—No.
—Antes estaba siempre dentro, contigo.
—No recuerdo eso. (Miento. Siempre lo tengo en la cabeza).
—Claro que lo recuerdas.
Miro otra vez por la mirilla.
—Me da vergüenza que alguien pueda verte ahí fuera. No quiero que me relacionen contigo.
—Déjame entrar, entonces.
—¿Por qué?
—Porque estoy cansado.
—Yo también.
—Lo sé.
Se hace otro silencio.
—Pasa.
Pasa dentro para que desaparezcas del paisaje.
No quiero asomarme a la ventana en un momento distraído de felicidad y encontrarme contigo, con tu monstruosidad, y que me recuerdes lo feo de este mundo.
Pasa.
Pero mantén la distancia.
Pienso envolverte en celofán.
No quiero que toques nada de esta casa. Es una casa nueva. No es la tuya. No es la nuestra.
No eres bienvenido, pero pasa.
Pasa con tus deformidades, con tus mil caras, con tus cientos de brazos y dedos, con tus ojos de insecto, hechos de retazos de recuerdos.
No te tocaré nunca.
Pero pasa.
No te quedes afuera.
No quiero que nadie te vea.
Quédate aquí dentro,
conmigo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario