Se llamaba Odi.
Al principio pensaba que se llamaba Edi y que no lo sabía pronunciar bien. Decía su nombre como si le faltara una pieza. Parecía tener un defecto en el habla. De hecho, pensé que podía ser sordomudo.
Pero en realidad, se llamaba Odi, de Odiseo.
Eso lo supe después, dentro del sueño. O quizá lo supe porque los sueños no explican: revelan.
Yo era una niña y miraba el mundo desde abajo, como se miran las cosas cuando todavía no pesan del todo. Todo era en blanco y negro. El cielo, los muros, hasta los pájaros parecían dibujados con carboncillo.
Todo, menos Odi.
Odi vestía de colores vivos, era un ser en tecnicolor. Piel mestiza, gorro amarillo desobediente, pantalón verde profundo, camisa azul que dolía un poco al mirarla. Era un John Wayne cubano. Era muy grande. No solo alto, sino ancho de presencia. Ocupaba espacio incluso cuando estaba quieto
Era el vigilante del cementerio y se tomaba muy en serio la gravedad que exige cuidar a los muertos.
El cementerio tenía muros altos, cubiertos de enredaderas y buganvillas que trepaban como si quisieran escapar. Las flores también tenían un color vibrante de verano. No había verja de hierro. Había una puerta enorme, pesada, de madera pintada de rojo. Un rojo antiguo, oscuro.
Cuando Odi me vio, sonrió. Y habló.
No recuerdo exactamente qué dijo. Solo recuerdo el sonido: una voz clara, profunda, con palabras imperfectas o quizá dijo cosas que las niñas saben y los adultos olvidan. Ahí entendí que no era sordomudo. Nunca lo había sido. Simplemente hablaba como hablan los personajes de los sueños, sin necesidad de hacerlo bien.
Me indicó la puerta roja.
Cuando la empujé, el cementerio desapareció. No hubo tumbas, ni muros, ni flores marchitas. Solo una sala sin techo luminosa, como si alguien hubiera encendido todas las luces de golpe.
Yo sabía, en el sueño se saben estas cosas, que no debía estar allí. Pero también sabía que mientras Odi caminara conmigo, nada verdaderamente malo podría ocurrir.
En el centro, un ritual.
No lo entendía, pero lo reconocía. Muchas personas formando un círculo imperfecto. Gestos lentos. Un murmullo grave, sin palabras, que no entraba por los oídos sino por el pecho. No era un ritual malo. Pero tampoco era para mí.
Miré a Odi.
Su sonrisa había desaparecido. Me miró como miran los adultos cuando saben algo que no pueden explicar a una niña sin romperle algo por dentro.
Apoyó su mano en mi hombro.
Era una mano enorme, pesada y tibia. Sin brusquedad, sin enfado, me empujó suavemente hacia atrás.
—No —dijo.
Y lo dijo bien.
La puerta roja apareció de nuevo a mi espalda. Se cerró despacio, sin ruido, como si también supiera que yo no debía quedarme.
Me desperté. Y ya no era una niña.
Desde entonces, cada vez que pienso en cementerios, recuerdo a Odi.
El vigilante.
El que me dejó pasar porque podía hacerlo.
El que me devolvió porque debía hacerlo.
Quizás San Pedro para mí es un cubano de dos metros.
