martes, 21 de julio de 2026

la Luna

Bajame a la Luna al menos
que ando yo más lejos. 

miércoles, 15 de julio de 2026

El mar, el amor de mi vida.



Mi vida había dejado de tener bordes. 
Y los bordes son eso que impide que una se derrame: la familia, el yo, el amor, el proyecto de vida, el hogar, los amigos. Todo se había diluido.

Me siento deshecha, no sé volver a mí. 
Vivir así es raro. Es como intentar dormir sobre una barca. Voluble, mecida en un eterno vaivén. Como quien vive en el interior del mar. 

Durante mucho tiempo (y quizás lo siga haciendo siempre) he escrito sobre ese mar.  El amor más grande de mi vida. 

Rescato con frecuencia videos del verano para escuchar el sonido de esa playa. Que no es de olas sino como de un reloj de arena hecho de grava quebrada, angulosa, que corta la fina piel de los pies inocentes. Para ver el color de su agua. Que no es azul. Que es de piedra, óxido y alga. Para ver el color de las paredes de piedra que te acorralan que son grises y marrones y forradas de plantas que se aferran con persistentes raíces a la roca. Como parásitos. 

Ese verano, que a la vez es el fin del mundo,  es hostil, salvaje, expulsa con todo su poder telúrico a la gente, y solo los locos  volvemos una y otra vez, reconociéndonos en nuestra soledad. 

En ese mar, cada año me sumerjo  buscando los bancos de posidonias. 
Siempre me ha parecido que las posidonias son animales que decidieron convertirse en plantas para dejar de huir. 
Me quedo balanceándome encima y dejo que el agua haga conmigo lo que quiera. Me mece y bambolea. 
Ese vaivén me marea, pero ese mareo se parece mucho más a estar viva que todo lo demás.  Porque, mientras floto, no solo soy yo la que pierdo el equilibrio. También el fondo. También las hojas largas bajo mi vientre. También la luz.
De golpe, no hay diferencia entre el agua y mi propia incertidumbre e inconsistencia. 

​Año tras año repitiendo el ritual.
Cada año la posidonia sigue allí, moviéndose pacientemente esperando a los muertos y a los vivos. 

Y hoy, como cada año, nado, me tumbo sobre ella y espero. 
Pensé que bastaría con repetir el gesto. Conservaba la esperanza de que el cuerpo recordara lo que la cabeza ya no sabia encontrar.
Pero me doy cuenta que ya no siento lo mismo. Lo que estoy haciendo no tiene sentido. Yo ya no bailo con ellas.

Tengo un peso nuevo dentro de mí. No es tristeza (la tristeza también flota), es algo sólido. Es gravedad. Se ha creado una frontera que me dice suavemente dónde acabo yo y dónde empieza el resto del mundo. Ellas siguen perteneciendo al mar. Y yo no. 

Es una buena noticia.
También una mala.
Porque juro que no habrá ni solo día sin que eche de menos aquel vaivén. 

​Me doy la vuelta bajo el agua. Me volteo boca arriba y miro hacia la superficie, hacia la luz que rompe arriba.
​Y entonces veo las piernas de mi hijo. Largas y delgadas como posidonias, dos posidonias mal hechas, dos posidonias con prisa,  moviéndose en un pedaleo caótico, chapoteando con torpeza alegre, una danza cacofónica que no tiene nada que ver con el ritmo sumiso del océano. Un ruido de cachorro, desordenado y vivo.
​Dejo el fondo quieto. 
Y subo hacia él.






jueves, 18 de junio de 2026

Soy el cáncer de pulmón de mi madre.

Soy el pulmón colapsado de mi madre.
Soy el grito que tumoró dentro suyo.
Soy el cigarrillo número cien millones de mi madre.
Soy el humo buscando una salida.
Soy la nicotina pegajosa impregnada en las paredes gritando socorro. 
Soy la rabia que encontró antes los pulmones que las palabras.

Soy el feminismo accidental de mi madre.
Soy la vida que mi madre habría tenido con cinco sartenes menos fregadas.
Soy la rebeldía que crece exponencialmente cada generación.
Soy la sospecha permanente de que las cosas podrían haber sido de otra manera.
Soy la puerta que nunca llegó a dar un portazo.
Soy el sarcasmo de mi madre cuando se quedó sin munición y se rindió.
Soy la revolución doméstica de mi madre.
Soy la hija de una mujer que quería incendiar la casa y acabó limpiándola.
Soy ese incendio aprendiendo a hablar.

Soy la metástasis cerebral de mi madre. 
Soy la idea que se negó a morir.
Soy la fuga de energía de una mujer agotada.
Soy el resentimiento convertido en observadora.
Soy el archivo secreto de todas sus renuncias.
Soy el abrazo que mi madre necesitaba y no pidió.
Soy la ternura intentando corregir la trayectoria.



domingo, 14 de junio de 2026

Un monstruo viene a verme y se queda.

—Toc, toc.

— No voy a abrirte. Te he visto por la ventana y das miedo.

Se hace un silencio.
Luego él se mueve y suena como un saco lleno de huesos.

—Antes no era así.

—Pues ahora sí.

Vuelvo a mirar.

—¿Qué haces ahí fuera con esos ademanes infaustos? ¿Qué quieres ahora? No te esperaba en este momento. Y menos con esas pintas. Ese cuerpo deforme...
¿No ves que cualquiera se negaría a abrirte la puerta con esa apariencia horrenda?
Tu cuerpo son miles, abotarrados, como si los trozos de carne de mil pasajeros espachurrados después de un accidente de tren espantoso hubieran sido barridos y amontonados en tu cara.

—Llevo mucho tiempo esperándote.

—Yo no te esperaba a ti. (Miento. Siempre pienso en su regreso).

—Llevas mucho tiempo lejos. He venido a visitarte varias veces y siempre te encuentro ausente del espacio que tenemos reservado para ti y para mí. 
No sé qué haces ni dónde estás, pero no me atiendes.
Se han ido agolpando las distintas formas que tenemos de querernos tú y yo, y ahora mírame. Soy un ser deforme. Me cuesta mirar con claridad. Ya no soy ágil porque mis extremidades, que ya son muchas, se han soldado unas a otras y se han vuelto rígidas. Y el corazón anda envuelto en la brea pegajosa de tu olvido.
Déjame entrar.

—No.

—Antes estaba siempre dentro, contigo.

—No recuerdo eso. (Miento. Siempre lo tengo en la cabeza).

—Claro que lo recuerdas.

Miro otra vez por la mirilla.

—Me da vergüenza que alguien pueda verte ahí fuera. No quiero que me relacionen contigo.

—Déjame entrar, entonces.

—¿Por qué?

—Porque estoy cansado.

—Yo también.

—Lo sé.

Se hace otro silencio.

—Pasa.
Pasa dentro para que desaparezcas del paisaje.
No quiero asomarme a la ventana en un momento distraído de felicidad y encontrarme contigo, con tu monstruosidad, y que me recuerdes lo feo de este mundo.
Pasa.
Pero mantén la distancia.
Pienso envolverte en celofán.
No quiero que toques nada de esta casa. Es una casa nueva. No es la tuya. No es la nuestra.
No eres bienvenido, pero pasa.
Pasa con tus deformidades, con tus mil caras, con tus cientos de brazos y dedos, con tus ojos de insecto, hechos de retazos de recuerdos.
No te tocaré nunca.
Pero pasa.
No te quedes afuera.
No quiero que nadie te vea.
Quédate aquí dentro, 
conmigo.






viernes, 15 de mayo de 2026

Evitarme

Todos, de pequeños, jugamos a escaparnos de nuestra propia sombra.
Corres más rápido, cambias de dirección de golpe, saltas sobre las baldosas, pides al asfalto que te ayude a despistarla. Hay momentos (muy breves) en los que crees haberlo conseguido. Cuando la luz cambia, cuando el sol se esconde un segundo, Ella desaparece y sentimos una pequeña victoria.

Pero siempre vuelve... 
Se alarga, se encoge, se deforma, pero nunca se va.

Al hacernos mayores dejamos de jugar a escaparnos de nuestra sombra aunque no dejemos de intentar huir de otras cosas.

Aprendemos a llenarnos la cabeza. De pensamientos, de ruido, de planes, de cualquier cosa que evite que se haga el silencio. Porque cuando todo se calla, aparecen los miedos y los recuerdos. Y éstos, a veces, son como esa sombra: imposibles de dejar atrás.

Así que te ocupas.
Siempre algo en la cabeza.
Siempre algo que evitar. 


Evitarme.

Un día me levanto despacio.
Me acerco a la ventana.
La nieve lo cubre todo. Blanca, azul en los bordes, infinita.
Ni una sola huella. Y eso significa que no hay una historia previa. Y mi mente no tiene que imaginar (y trotar y trotar). 
El silencio es completo. Un silencio real.

Y entonces es cuando reparo en Ella y es cuando le miro a los ojos por primera vez. 
Tiene la mirada profunda, observadora, pensativa y pausada, cálida y vivida, como estar en casa, frente al fuego. 

Y me apreta la mano.
No como una amante.
No como una amiga.
No como una madre.

Y la siento como és, una forma visible de algo que siempre ha estado a mi lado.
La reconozco a Ella y le quiero pedir perdón por haberla callado intentando llenarlo todo de ruido.

—Habrá que caminar mucho —me dice. —Pero el viaje es estupendo.

Y por primera vez, no siento la necesidad de intentar separarme de nada,
ni de mi propia sombra. 

miércoles, 22 de abril de 2026

Yo era buena con las palabras

Yo era buena con las palabras.
Las llevaba enredadas en mi cabellera, ensortijadas en mis dedos.

Ahora no.
Ahora me estoy haciendo un sitio importante y propio
en el silencio.
Casi por primera vez 
un silencio que no pesa. 
Un silencio que me deja ser.

Desde aquí pienso.
Contemplo sin prisa.
Recuerdo sin miedo.

Y en este espacio vuelven, despacio,
las palabras que fui,
los deseos que latieron,
la felicidad,

como si siempre hubieran estado aquí,
sentadas conmigo.

viernes, 10 de abril de 2026

Se llamaba Odi.


Se llamaba Odi.

Al principio pensaba que se llamaba Edi y que no lo sabía pronunciar bien. Decía su nombre como si le faltara una pieza. Parecía tener un defecto en el habla. De hecho, pensé que podía ser sordomudo.

Pero en realidad, se llamaba Odi, de Odiseo.

Eso lo supe después, dentro del sueño. 

Yo era una niña y miraba el mundo desde abajo, como se miran las cosas cuando todavía no pesan del todo. Todo era en blanco y negro. El cielo, los muros, hasta los pájaros parecían dibujados con carboncillo.

Todo, menos Odi.

Odi vestía de colores vivos, era un ser en tecnicolor. Piel mestiza, gorro amarillo desobediente, pantalón verde profundo, camisa azul que dolía un poco al mirarla. Era un John Wayne cubano. Era muy grande. No solo alto, sino ancho. 

Era el vigilante del cementerio y se tomaba muy en serio la gravedad que exige cuidar a los muertos.

El cementerio tenía muros altos, cubiertos de enredaderas y buganvillas que trepaban como si quisieran escapar.  Las flores también tenían un color vibrante de verano. No había verja de hierro. Había una puerta enorme, pesada, de madera pintada de rojo. Un rojo antiguo, oscuro. 

Cuando Odi me vio, sonrió. Y habló.

No recuerdo exactamente qué dijo. Solo recuerdo el sonido: una voz clara, profunda, con palabras imperfectas o quizá dijo cosas que las niñas saben y los adultos olvidan. Ahí entendí que no era sordomudo. Nunca lo había sido. Simplemente hablaba como hablan los personajes de los sueños, sin necesidad de hacerlo bien.

Me indicó la puerta roja.

Cuando la empujé, el cementerio desapareció. No hubo tumbas, ni muros, ni flores marchitas. Solo una sala sin techo luminosa, como si alguien hubiera encendido todas las luces de golpe. 

Yo sabía, en el sueño se saben estas cosas,  que no debía estar allí. Pero también sabía que mientras Odi caminara conmigo, nada verdaderamente malo podría ocurrir.

En el centro, un ritual.

No lo entendía, pero lo reconocía. Muchas personas formando un círculo imperfecto. Gestos lentos. Un murmullo grave, sin palabras, que no entraba por los oídos sino por el pecho. No era un ritual malo. Pero tampoco era para mí.

Miré a Odi. 

Su sonrisa había desaparecido. Me miró como miran los adultos cuando saben algo que no pueden explicar a una niña sin romperle algo por dentro.

Apoyó su mano en mi hombro.

Era una mano enorme, pesada y tibia. Sin brusquedad, sin enfado, me empujó suavemente hacia atrás. 

No. Dijo.

Y lo dijo bien.

La puerta roja apareció de nuevo a mi espalda. Se cerró despacio, sin ruido, como si también supiera que yo no debía quedarme.

Me desperté. Y ya no era una niña. 

Desde entonces, cada vez que pienso en cementerios, recuerdo a Odi.

El vigilante.

El que me dejó pasar porque podía hacerlo. 

El que me devolvió porque debía hacerlo.


Quizás San Pedro para mí es un cubano de dos metros. 

lunes, 1 de diciembre de 2025

Por toda la gente que llora en los coches.


Qué se abra.
Qué se abra el cuerpo.
Qué se abra.


¿Sabéis cuando el alma se pliega y se clava en un punto del cuerpo? 
Se recoge como un animal herido. 
Todo lo que pesa va aquí. 
Justo aquí, 
en el plexo solar.
Aquí.


Entra la pena.
Entra la rabia.
Entra el miedo viejo.


El nudo sube.
Sube como una mala hierba. 
Asciende rápido 
Sube.
Sube.


La cara se tensa.
Los conductos se cierran.
Te quedas sin aire.
Te embasas al vacío. 


Entonces el cuerpo sabe.
Sabe antes que tú.
Recuerda lo antiguo.


Y abres la boca muy grande.
Y entra el aire a la fuerza.
Abrir la boca.
Abrirla toda.


Y sale un sonido que no es voz.
Es un aullido.


Algo antiguo.
Algo animal.
De cuando no éramos personas
sino carne pidiendo auxilio.


Y entonces, 
el aullido se rompe
y cae en llanto.

Un llanto que borra.
Que afloja la cara.
Que arrastra la rabia
y la pena.
Un llanto que borra.
Un llanto que lava.


¿Sabéis cuando pasa todo eso? 
Pues tres años con esto dentro. 
Sin lágrimas. 
Sin temblar. 
Sin rimmel corrido. 


Yo lo he tenido aquí.
Justo aquí, 
en el plexo solar.
Aquí.
Tres años.
Con el cuerpo entero haciendo de muro.


Y un día entro en el coche.
Y no hay nada que hacer.
No hay que ir al trabajo.
No hay que volver a casa. 
No hay niño que recoger. 
Y entiendo que ahora puedo.
Y el cuerpo dice:
- Ahora.


Y lloro.
Al fin.

lunes, 15 de septiembre de 2025

El blues de Donna

El humo dibuja espirales perezosas en el aire espeso del club. Una luz roja, como de incendio en cámara lenta, cae sobre el piano de cola. 

La mujer está tumbada encima, como si el piano fuera su chaise longue privado. Sostiene un zapato de tacón colgando apenas de los dedos del pie. Lo balancea con un vaivén juguetón, desafiando la gravedad mientras canta una versión blues de She works hard for the money. Su voz es grave, aterciopelada, cargada de ironía y deseo. 

El piano vibra bajo ella, resignado a ser escenario y pedestal. 

En una mesa apartada, un hombre la observa con los ojos entornados, cigarrillo en la comisura, exhalando humo denso. Sonríe apenas, mitad lobo, mitad turista extraviado. 

En un instante de fascinación , el humo le entra en el ojo y parpadea torpemente, como si el destino le hubiera arruinado la pose.

jueves, 19 de junio de 2025

"Y sin embargo salto"


Avanzo, 

con el cuerpo abierto por dentro.


Avanzo sabiendo que pierdo. 


Dirán que soy fuerte.

Y yo callo.

Porque la fuerza no grita.

Grita el saber que cada paso es 

una amputación lenta del pasado que aún late.


La fuerza es mirar al abismo y decir:

saltaré igual,

porque es más fiel a mi alma el vértigo

que la quietud traidora.


Soy coherente con mis deseos,

y aún más con mis hechos.

Los abrazo.

Sí, incluso a las pequeñas fechorías

que no fueron maldad,

sino intentos desesperados de verdad.


“No puedes seguir aquí fingiendo que no ardes”.

Y ardo.

Y a veces duele como un castigo.

Otras veces es solo una consecuencia limpia,

como una hoja que cae porque es otoño

y nadie tiene la culpa.


Me he hecho cargo.

De mis gestos, de mis decisiones,

incluso de mis torpezas.

De las palabras dichas,

y de las que no supe decir a tiempo.


Perdedora

y brutalmente honesta.

Todo sucede a la vez.

Llena de cicatrices que no oculto.


Y sin embargo, la vida sigue… 

no castiga.

Simplemente cumple su rol:

ser juez imparcial

que no premia ni perdona,

solo observa.


Hoy no puedo decir “estoy bien”.

Sería mentir.

Solo puedo decir: estoy aquí.

Presente.

Entera y rota 

Fiel y sola.


Solo puedo esperar.

Y confiar en que el amor —aunque imperfecto—

haya calado hondo.

jueves, 1 de mayo de 2025

Ben y Lori

Bajo el cielo basto e inmóvil,

Ben y Lori caminan entre ruinas cubiertas de musgo, como si el tiempo no pudiera tocarlos.

Nadie, ni ellos, recordaban cuándo habían empezado a amarse; tal vez fue en un pueblo anciano fronterizo, bajo el mar, en un transporte público de extrarradio o en un jardín olvidado. 


Ben, de rizos retorcidos y desprecio al tiempo, llevaba siempre un reloj sin manillas. 

Lori, con los cabellos azotados en viento antiguo, sostenía en sus manos una llave oxidada que guardaba recuerdos perdidos. 


Eran eternos no porque vencieran la muerte, sino porque su amor había aprendido a existir fuera de ella.

A veces sus rostros cambiaban —jóvenes, viejos, transparentes—, pero sus ojos y sus dedos seguían buscándose como en la primera vez.

En cada latido del universo, en cada rendija del mundo, se reencontraban.

Y cada vez, Ben le susurraba:

—No importa cuánto cambie el mundo. Siempre sabré encontrarte.


Lori sonreía, con esa sonrisa que había derribado imperios y salvado reinos solo para perderlos de nuevo.

—Estoy aquí —decía, mientras la eternidad pasaba rozándoles los labios.


sábado, 4 de enero de 2025

Les bruixes es pentinen

No puedo estar todas las noches así, asfixiada en mi propio asco. 
Estoy en el punto álgido de mi patetismo personal, sentada en el extremo de un gran sofá chaiselong, como si molestara al mismísimo vacío. Y para rematar, de toda la oferta cinematográfica, lo que elijo es un musical romántico.

Lo peor de todo es,  que prefiero esta cita de mierda conmigo misma, mutilando mis deseos de ponerme a escribir de verdad, en vez de ponerme con el cuento que se titula como esta entrada. 
Algún día, cuando tenga la cabeza  en su sitio, lo haré.

Mientras veo la película que no estoy viendo, pienso. Pienso ya no en arborescente, pienso en espiral. 

Hace un tiempo, construimos un mundo para nosotros. Fue mi obra magna de fantasía. A medida. 
Fue una creación tan perfecta que, muchas veces nos hemos preguntado si existimos. La razón indica que nos hemos inventado.

- Existes-. Repito. 
Pero parecen más saciantes las vibraciones invisibles de las yemas de los dedos que la carne de verdad.

Ojalá con la mente tuviéramos bastante. Me llenaría solo con la idea impalpable de tu existencia. E irradiaría luz. Se me saldría a borbotones por las encías retraídas, por los ojos que sonríen, por las marcas de los calcetines que aprietan. 

Eso ha pasado. Sé con seguridad que pasó. 
Y bastaba.


domingo, 8 de diciembre de 2024

Araña

 



Soy una articulo valioso. Encerrado en mi propio vaho. 



jueves, 24 de octubre de 2024

Poetisas

Poetisas. 

Chicas jóvenes que recitan en bares frecuentados por jóvenes intelectuales y hombres mayores, flacos, devotos del sexo tántrico. La sala estaría envuelta en humo neo burgués, de no ser por las leyes que prohíben el romanticismo del tabaco.

Recitan sexo con blusas sin sujetador. Intensas.  Se sienten cómodas en el escenario, bajo las luces, dueñas de sí mismas, seguras de su palabra.

Poetisas sexys. Poetisas jóvenes.

A la gente le gusta escuchar poesía de los labios de las chicas jóvenes sin sujetador. Con pasión por la vida, por sus cerebros,  por la imagen que tienen de su propia proyección. 

Poesía fresca con fecha de caducidad. 



domingo, 20 de octubre de 2024

Ventajas de viajar en tren


"—Yo vivo sintiendo como que me han metido un aspirador de almas por el culo, Laura—.


Ella me mira y veo que es capaz de entender perfectamente ese sentimiento aunque jamás lo haya vivido.


Con pausas amables, hablamos, desgranamos, compartimos y nos comprendemos. Las mujeres podemos hablar durante horas, explicarnos las mismas cosas y escucharlas con comprensiones diferentes.


Me hace pensar en J, que acaba de volver de Cabo Verde. Contaba en voz alta, entre risas compartidas, que había sido un aburrimiento. 'Es que iba con mi novio', se justificaba, como si el hastío fuera un delito que tuviera que explicar. 'Demasiados días y demasiadas pocas cosas que hacer… Si hubiera ido con una amiga, al menos habríamos llenado el tiempo hablando'.


Nadie conoce a ese novio-amigo, el alma gemela, la media naranja. Todo el mundo tiene a su pareja a secas, sin expectativas ni etiquetas, y luego se queda insuficiente. Los novios se aburren en Cabo Verde.


Recuerdo todo esto mientras viajo en tren. Llevamos una hora y media de retraso. Es exasperante. Es exasperante lo civilizados que vamos todos en nuestros asientos, con el coxis adormecido. Pienso que deberían darme la nacionalidad suiza; adoro la puntualidad y las ardillas, como si ambas fueran sinónimos de un mundo en orden, un lugar donde todo funciona como debería y las cosas pequeñas tienen sentido.


Pero claro, la realidad es otra. En lugar de la puntualidad suiza, lo que tengo es un tren detenido en medio de la nada y una larga espera para llegar a donde se supone que debería estar. Así que, para no dejar que el enfado me retuerza el estómago, me refugio en mis libros.


Tengo una nueva filia literaria. Los libros que me atrapan de verdad son los de mujeres mayores de cincuenta. Ese es mi rollo. Mujeres que analizan su presente con una lucidez brutal, que renuncian de forma consciente a idealizar el pasado y que, por decisión propia, ignoran el futuro. Me aportan, me enseñan más que cualquier otra cosa que haya leído en años.


Me hacen reflexionar en que antes el futuro era brillante, prometedor, una plataforma amplia donde ir depositando sueños. Ahora es una cornisa estrecha donde sentir vértigo. Un demonio agazapado donde no quieres mirar. Y te chista: 'Psee, psee'. Te recuerda que está allí, y si lo tienes en cuenta, hace que bajes la cabeza y mires dónde pisas, perdiéndote lo que está frente a ti. 


También veo porno, con cuidado, para que la gente de alrededor no se dé cuenta.

El porno me calma. Me calma la mente más que un disco de Jay-Jay Johanson.


miércoles, 18 de septiembre de 2024

Lo que merezco

Hoy he sentido tu vacío.

He probado lo que serían mis días sin ti, y he recordado la vida que tenía antes de que llegaras.

Hoy he deseado volver en el tiempo, regresar donde me crié, esa ciudad a la orilla del río y entender, de verdad, que el agua nunca se detiene y que su flujo constante es lo único que impide que el pensamiento se estanque.

Hoy siento que merezco vivir otra vez cerca del río, comerme siete piedras tan grandes como melones galos y agacharme a beber de rodillas, y que alguien me de una patada en el trasero haciéndome caer,  y acabar ahogada en medio metro de profundidad. 

lunes, 9 de septiembre de 2024

El Hospital

Mis padres acaban de morir. 

Los dos, a la vez. 

Han muerto en un accidente de tráfico en el que no ha quedado nada que identificar.  

Jamás pensé que sería así. 

Pero tampoco pensé nunca que lo harían plácidamente en su cama conyugal. 

Durante toda su vida han pasado inmensurables horas en hospitales públicos por sus diversas dolencias: hernias, ulceras, derramamientos de retina, depresiones, roturas, tumores, trasplantes, diálisis. Así que, siempre había proyectado que el final seria unos interminables días en un hospital.  Y la vida me ha arrebatado a mis padres, pero no me puede arrebatar la idea que tenia para acabar con ellos. 

Inmediatamente después de que me dieran la noticia, de forma mecánica, me he preparado una bolsa de deporte con cuatro cosas y me he subido al hospital universitario más cercano. Tiene un parking enorme en lo alto de una colina y vistas a un crematorio y funeraria. 

He entrado y observando con calma la sala de admisiones, he decidido subir en el ascensor a un ala donde hay habitaciones de ingresos. Hay una sala de invitados con sillas, una papelera y una maquina de bebidas y chocolatinas que no necesito pues llevo mi propia comida. Una pequeña ventana a nada interesante.  

He pasado ahí toda la tarde escuchando el ruido blanco de las maquinas expendedoras.  

Por la noche para no llamar la atención he ido por las diferentes plantas a intentar dormitar sentada en las sillas de la zona de los ascensores e incluso he hecho pequeñas visitas al bar. También he salido fuera a estirar las piernas. Te cruzas con otros familiares, igual de afligidos y compartes ese espacio con profundo respeto. Unos lloran, otros miran con ojos cristalizados. 

Yo empatizo con ellos. Ellos conmigo. Somos camaradas del dolor.  Aunque mi aflicción la pongo en un peldaño más abajo que las suyas sin conocerlas.  Porque yo soy una farsante en ese lugar aunque ellos no puedan sospechar nada. 

Todo esto me ayuda a disociarme, a pensar que nada ha ocurrido, a que solo soy una actriz metiéndome en el papel de una chica que está a punto de vivir la muerte de sus padres. Pero no. No es bien bien así. Y como la situación es tan surrealista pero a la vez tiene todo el sentido del mundo para mí, pensando pensando se pasan las horas y se cambia el foco de la realidad. Nada está pasando, ni siquiera lo que ya pasó. Se me pasa por la cabeza que todos con los que me cruzo también han venido al hospital a huir de la verdad. 

Cuando la mañana llena el ambiente de ruidos cotidianos, carritos de desayunos, parloteos de gente sana intentando animar a los enfermos; me he envalentono a pasear por los pasillos de las habitaciones. Poco a poco. En cada puerta medio cerrada,  se vislumbra pequeños retazos de vidas siempre tristes. Zapatos negros, pantalones grises, bolsos baratos colgados en sillas, revistas del corazón y crucigramas para pasar el tiempo porque poner la tele no es gratis. 

Cuando acabo mi ronda vuelvo a mi sala de espera. Allí espero. 

Espero sola o con otra gente que también espera sola. 

Pasan los días. 

Solo por las noches hay una pequeña variación de iluminación. Dos estados lumínicos. La temperatura es la misma. Los sonidos siempre los mismos. Todo el hospital deviene un gran ruido sordo. Una cáscara vacía de vidas que ya poco importan. De dolores, grandes dolores tanto físicos como emocionales que allí coexisten de una manera absolutamente civilizada. 

En algún momento me cansaré de estar allí, de no dormir, de esas sillas y ese sinvivir. Me irritará en sobremanera tener que pedir a recursos humanos más tiempo,  de pensar excusas para cuando vaya a mi medico a alargar la baja.  Me asqueará comer bocadillos fríos y tiesos. Me cansaré de mi misma y de ese hospital universitario de infraestructuras baratas. 

Solo así podré irme de allí y desearé poder despedir por fin a mis padres que no se merecen estar más allí. 




domingo, 30 de junio de 2024

Como pez fuera del agua


Avanza por encima del mar un pez de un poco menos de dos metros, transparente y viscoso. 

No puede respirar.

No puede respirar.

Boquea al aire. Empuja con sus aletas la humedad queriendo meterla en las branquias. 

Con la musculatura del lomo intenta arquearse hasta el agua. Está a escasos metros ahí abajo. Pero su cuerpo y el mar son como dos polos magnéticos opuestos (la verdad es que siempre lo fueron). 

Intenta pensar qué siente. 

Se siente ridícula, sola, utilizada, triste, frustrada.

Contrariada. 

Siente que le va a reventar su pequeño y feo corazón por la presión.  

Siente la sangre nerviosa y ácida resbalando debajo de sus escamas. 

Siente dolor en  todos los pliegues del interior de la boca de la tensión. 

Quiso salir del agua y se sintió especial por haberlo hecho. Pero, por qué no podía pensar en las cosas esenciales de la vida como todo hijo de vecino. Cosas tan básicas como que era un pez. 

Y los peces no pueden hacer según que cosas. Eso lo sabe todo el mundo, incluso ella lo sabía, pero saltó hacia afuera quedándose suspendida en su puta fantasía. 

Y ahora no puede respirar,

y boquea angustiada, mirando con los ojos bien redondos hacia el mismo sitio de siempre.

Un punto indefinido y eterno entre el mar y el cielo. 

miércoles, 15 de mayo de 2024

Dentro del bolsillo de la noche hay un chico que sueña.




Dentro del bolsillo de la noche hay un chico que sueña

Con la humedad de sus sueños, fabrica un mar.

Un mar donde se teje la historia de su mundo oculto.

Un mar con olas como lenguas que lamen los bordes de la realidad.

Un mar de deseos.

 

Lleva años ensimismado con ese mar al que quiere volver cuando es de día; cuando el espejo del mundo le recuerda que no es un chico; cuando recuerda que por la mañana, el soñar duele.

 

Antes de que pueda preverlo, una noche

se da cuenta que no tiene donde asirse a la realidad.

Sus sueños placenteros ahora se arremolinan amenazándolo a llevárselo a un sitio profundo donde habitan la Nada, la Verdad y la Soledad en compañía.

Las aguas le llegan hasta el cuello y tiene miedo que las tres se le metan dentro por la boca.

 

Ya no quiere respirar.

Se encuentra perdido y agotado de chapotear en la inmensidad de sus líos.

 

De repente,

en medio de la oscuridad de sus noches,

se acerca una lucecita.

 

Es un pequeño faro en una barca blanca.

Tiene el nombre de Anna escrito en la popa.

La barca le dice:

-Sube, llevo mucho tiempo sin escuchar cuentos hermosos de marineros".

 

Y él, empapado de sus sueños,

descansa por fin tranquilo con los pies descalzos sobre la barca,

sin miedo a hundirse.

Sin miedo a nada.

martes, 14 de mayo de 2024

Tachan

Tachan. 

Ha hecho aparición en el teatro Real de mi lóbulo frontal,  una nueva idea. 

Es una idea colosal. Con una fuerza desmesurada. Tiene hasta demasiado carisma que no sé si eso se ha dicho jamás de ninguna idea. Corre el riesgo incluso de caer mal. 

Como la artista más importante de un circo,  está ahí plantada con los brazos en jarra. Orgullosísima de ser. 

Agudiza la vista entrecerrando los ojos para poder ver más allá del deslumbramiento de los focos, allí donde la oscuridad de las gradas es densa.  

No puede ver sonrisas, ni caras de empatía, solo ve cogotes y melenas. 

El publico le ha dado la espalda.